5/4/20

El virus de las familias

"Están todos contagiados. Toda la familia". A mi padre, como al resto de presentes, se nos paró ayer el trago mientras nos contaba a la hora de comer cómo el coronavirus había entrado en casa de unos conocidos y se había puesto las botas. Algunos, pese a su juventud, siguen entubados en una cama anónima. 



Que el número diario de nuevos afectados no haya disminuido hasta ahora pese a llevar tres semanas confinados se explica por las mismas condiciones del encierro: el virus ya no se transmite en lugares comunes de fácil masificación, sino en pequeñas concentraciones y núcleos familiares o de contacto próximo. La casa puede convertirse, más que en una guarida, en una ratonera en la que esta peste, al contrario que el hombre del saco, busque a todos salvo a los más pequeños.

Así es como nuestra España con tos vive hoy la dualidad de los balcones: el vecino verbenero está a solo un tabique de distancia del que no se ha asomado en toda la cuarentena, y la riqueza de este país es no saber cuál de los dos tiene a un familiar en la UCI

En IFEMA han montado el que dicen que es el mayor hospital de España. Allí no nacen niños, así que solo tiene de hospital la parte menos bonita de los hospitales. Ocurre como con las estaciones de tren: no tienen el mismo aspecto cuando uno va a recibir a alguien que cuando va a despedirlo. 

Los expertos en curvas epidemiológicas, científicos motoristas de lo exponencial, asienten ya cuando hablan de que nos asomamos al descenso de afectados. El enclaustrado, lamentablemente, hará que la otra mitad de la montaña de muertos se llene aún más de historias de estirpes agujereadas y supervivientes de casas a las que asaltó el virus de las familias y destrozó todo lo que pudo. Yo solo pido que la ambulancia que se llevó a mi vecino ponga la sirena también cuando lo devuelva

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