4/12/19

“Apenas se ha hablado en este aniversario de que la caída del Muro supuso el hundimiento del comunismo”

El historiador y editor Ricardo Artola reflexiona sobre la herencia del Muro de Berlín tres décadas después de su desaparición


Fuente: Arzalia



Ricardo Artola (Salamanca, 1962) es un libro abierto. Un libro de Historia, concretamente. Licenciado en esta especialidad (Moderna y Contemporánea) por la Autónoma de Madrid, es autor de varios títulos, entre los que destaca La Segunda Guerra Mundial. De Varsovia a Berlín (Alianza Editorial, 2005). No contento con el conocimiento y la escritura, Artola también practica el tercer escalón de la fecundación literaria: la edición. Desde 1999 es director del sector de no ficción de Planeta, ha dirigido Ediciones B y se ha embarcado en la osadía de fundar su propia editorial de temática histórica, Arzalia. Ahora, que se cumplen 30 años de la caída del Muro de Berlín, reflexiona desde el mero término conceptual de la efeméride hasta el silencio actual sobre el trasfondo real de lo que fue mucho más que un derribo. Es el hombre -el libro- adecuado para consultar, entre otras preguntas, la duda que todo millenial fascinado y boquiabierto se ha planteado en este aniversario:

-¿De verdad nadie se esperaba la caída?
-La respuesta es clara: nadie lo esperaba (ríe). Las construcciones posteriores son eso, meras construcciones. De verdad que nadie lo esperaba. Ahora es muy fácil ver que había síntomas y que se podía vislumbrar. Pero creo que nadie lo vio venir.

-¿Ni siquiera las élites políticas del momento a través de comunicación interna o servicios de inteligencia?
-El tándem Thatcher-Reagan fue el que llevó a las máximas contradicciones al modelo soviético, y al mismo tiempo el que ayudó a Gorbachov a encontrar un apoyo exterior en el que basar sus formas.

-Está de moda Chernóbil. ¿Qué papel jugó en el descalabro, visto ahora con perspectiva?
-¡Chernóbil es para mí muy interesante! Creo que tuvo un papel muy importante. Fue probablemente un elemento de desmoralización. Al menos así lo veo yo. Esa Unión Soviética que, desde mediados de los 40 hasta finales de los 60, vive el espejismo de ser una gran potencia mundial se ve, de pronto, doblegada a una situación muy frágil. Esto es lo que representa Chernóbil. Establece los límites reales de su tecnología, de su modelo. Es una pregunta muy pertinente, porque creo que sí que existe una relación casi directa. Hay que tener en cuenta que Chernóbil y la llegada de Gorbachov a la secretaría general están muy cerca en el tiempo. Y también, cómo no, la caída del muro.

-¿Ha sido la historia más justa con Gorbachov que con Yeltsin?
-Es posible que sí. Son un ying y un yang. ¿Gorbachov para quién? ¿Para los soviéticos o para el resto del mundo? Pienso que ha sido bien tratado por Occidente porque ha sido el artífice del desmantelamiento de aquel bloque de poder que era la Unión Soviética. Con ello, también terminó con la guerra fría y con tantas otras cosas. Yeltsin, por otro lado, es el hombre que remata esa situación. No sé con quién se ha portado mejor la historia. También he de decir que el aspecto folclórico de Boris Yeltsin puede que le haya quitado seriedad de cara hacia fuera.

-El mero concepto de “caída” es un triunfo de la propaganda.
-Esa es la tesis que he defendido durante mucho tiempo. Hace poco escribí un artículo que titulé “El derrumbe del Muro de Berlín”.

-Pero es muy difícil a estas alturas cambiar conceptos.
-Soy consciente de las limitaciones a la hora de imponer un cambio terminológico a un concepto histórico, pero la manera correcta de llamar a aquello es “derrumbe”. La caída implica, como definición del diccionario, algo que sucede de manera natural como consecuencia del mero paso del tiempo. Entendería esta definición si las pirámides se desmoronan un día después de 3.000 años. El propio deterioro de la naturaleza tiene efectos, pero no es eso lo que pasó con el Muro de Berlín. El Muro fue derribado, en cierto modo y en sentido literal, por las masas. Y autoderribado también.

-Otro término que utiliza bastante en sus textos es el de “cascarón vacío”.
-(Ríe) Cierto, lo he usado incluso en otros contextos para referirme a este tipo de situaciones.

-Me parece muy gráfico, muy visual. La URSS era ese cascarón.
-Totalmente. Me sirve para explicar que se trataba de un bloque que, al ser muy secretista y muy hermético, dio lugar a un cierto espejismo: creían que eran un bloque en igualdad de condiciones con el lado capitalista. Lo que se vio luego es la realidad: solo hubo que, por así decirlo, darle una patada para que se viniera abajo.

-Usted visitó el Berlín del Muro y el Berlín unificado. Desde el punto de vista de un historiador, ¿cuál fue el mayor contraste con el que se topó?
-A mí el Berlín del Muro no me gustaba. Era una cosa inquietante, que transpiraba. Era un bloque, sólido e inanimado, pero de alguna manera estaba vivo y presente en el día a día alemán. Esa sensación no me gustaba en absoluto. Aquello era a principios de los 80 y uno visitaba Berlín con la carga de saber que era una ciudad más que importante a nivel histórico y cultural. No se trataba de ir a un pueblo perdido o a cualquier otro lugar. Sin embargo, la experiencia de volver a un Berlín ya unificado es muy diferente. He regresado en varias ocasiones y he observado esa unificación en construcción, esa evolución cada vez que iba. Es volver donde sabes que ha habido una cicatriz que se está curando. Cuando uno se hace un corte, el primer día no puede ni mirar la herida; conforme pasa el tiempo el daño se va reabsorbiendo y finalmente solo queda un mínimo reflejo de lo que ha sido esa experiencia. Esa es la metáfora que explica cómo ha evolucionado Berlín.

-¿Ha faltado en este 30 aniversario, desde el punto de vista mediático, tratar más la caída del comunismo que del Muro? ¿Nos hemos quedado en lo anecdótico?
-Así es, así lo creo. Hay una cuestión siempre eterna: se juzgan los excesos de cada bando con distintos raseros. Hay una benevolencia tradicional que incluso permanece hoy sobre lo que fue y lo que es el comunismo. Cuando se habla de la caída del Muro, se refiere en término último al hundimiento del bloque soviético y de la alternativa que hubo en el siglo XX al modelo occidental y capitalista. De esto no se ha hablado apenas en el actual aniversario. Se ha ido más al hecho estricto.

-Como historiador y editor, ¿qué libros recomienda para conocer qué pasó en Berlín hace tres décadas?
-(Suspira y guarda unos segundos de silencio) No sé si estoy en condiciones de recomendar una bibliografía tan específica sobre el hecho. Creo que conviene siempre conocer contextos y acudir a libros sobre la historia de Europa de manera un poco más amplia. Tony Judt y su Posguerra son esenciales. También el segundo volumen de la historia del siglo XX de Kershaw, correspondiente al periodo 1950-2017. Él entra de lleno en el episodio del derrumbe. Te aconsejo más este tipo de obras. Hay otro fundamental: La casa en el lago, de Thomas Harding. El tratamiento es formidable.

-¿Erró Fukuyama?
-¿Al pronosticar que la caída suponía el final de la historia? Aquel titular lo llevó a los cielos, pero también lo hundió en los infiernos. Se refirió, probablemente, al fin de la confrontación de bloques, algo que marcó el siglo XX. Tanto desde la utopía política de su nacimiento hasta la reacción que causó. Y el miedo que provocó el comunismo ha determinado tantas y tantas cosas…

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