26/1/19

El otro pozo

Me comentaba anoche un amigo, también periodista, que el caso del niño del pozo ha tenido todo lo que los medios de comunicación necesitan para elevarlo a categoría de efeméride trascendental: protagonista vulnerable, hecho fatídico, cabos sin atar en el relato y un contexto tristemente desgarrador. La crónica negra siempre ha triunfado en este país, pero uno se pregunta qué enfermedad debemos compartir para que un accidente se convierta en el combustible de las televisiones durante casi dos semanas.




No negaré la noticiabilidad del fatal destino del desgraciado Julen, pero evito considerar periodismo muchas de las prácticas que hemos observado a los pies de esa maldita montaña, y que me ahorraré enumerar. La banalización de la historia la ha convertido, perdonen la comparación, en un serial de catorce capítulos. En una máquina de hacer aflorar sentimientos a costa de triturar a una familia que necesitaba más anonimato que entrevistas o perfiles sobre sus ya dos inexplicables pérdidas.

El colmo de la praxis del morbo me lo encontré en Twitter, donde vi que un cámara se quejaba de madrugada de que desde el operativo de rescate se les estaba apuntando con láseres para desenfocar las lentes. Se intuye que durante esos minutos de distracción se extrajo el cadáver del crío de la tierra que lo aprisionó, y que los punteros láser llegan más lejos que ética de muchos.

No obstante, siempre hay que romper una lanza en favor del buen periodismo. Diario Sur, personificado en Totalán por Juan Cano y Álvaro Frías, ha dado lecciones y lecciones de excelente cobertura durante estas dos semanas, y no se han contagiado del amarillismo más vomitivo. Solo esta responsabilidad bien ejercida, frente a la parafilia de encontrar la noticia más deplorable, me hace olvidarme de lo barato que le ha salido a muchos medios rentabilizar el primer mes del año a base de clics, lágrimas y toneladas de tierra. 

El modelo Alcàsser, la máxima carroña mediática que se me puede ocurrir, está apareciendo más constantemente en nuestro día a día. Lo analizaremos y criticaremos, pero en pocas semanas volveremos a caer en él, consumiendo Dios sabe a qué mártir. Este es el otro pozo de la España más profunda y perversa. 

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