14/10/18

Llorar en los toros

El coliseo es pequeño, acorde a las necesidades del minúsculo pueblo. Cuatro o cinco alturas en una grada desnuda, de un cemento tan agrietado como la provincia de Teruel. Solo hay sombra para los músicos de la charanga, que indican con toque de trompeta que el circo va a comenzar. El público abarrota el aforo. Sol de justicia y ausencia de viento. La arena pesa y las moscas abundan. El inconfundible olor animal se mezcla con el aroma a secarral agostense. Desde la última fila de la plaza se ve cómo los campos cercanos padecen el oleaje distorsionado que genera el espejismo causado por el calor.



Ningún animal ha pisado el ruedo todavía pero ya se han derramado litros y litros de líquido rojizo de fuerte olor. Los ponches y las sangrías son el brebaje paliativo contra el sudor. El pueblo está en fiestas y bebe todo el mundo. Mayores y pequeños, ancianas y prepúberes. El agua la dejamos para los animales, admite orgulloso el que parece ser el responsable de alguna peña, según se lee en su camiseta fosforescente. La grada de la plaza de toros parece el pelotón de una vuelta ciclista: cada peña, cada grupo de amigos acude con su respectiva equipación, cada cual con colores más llamativos y eslóganes serigrafiados. Son el punto contrastante en medio de la dorada aridez de esta comarca.

El primer toro de la tarde sale cansado. Directamente derrotado. Parece que sabe mejor que nadie su devenir. No se asemeja mucho a los toros que desfilan por las grandes plazas nacionales. Parece mayor, apenas trota y sus cuernos han sido reducidos a un colmillito gris para que el daño que cause sea menor. No obstante, pese a sus taras y mansedad, conforme sale del cajón barre al primer torero que encuentra, quien, salvo lo de los cuernos, cumple las mismas condiciones que el morlaco. El traje de luces, rosa chicle y negro, parece tatuado sobre su complicada figura. Su destreza para deshacerse del toro hace que el incidente quede en un revolcón despistado de principio de corrida. El resto de la faena se desarrolla sin grandes complicaciones para este zurdo anónimo.

Las tardes de gloria en la provincia son muchas para este torero y su compañero rejoneador. También para el banderillero. Son conocidos en el pueblo por los más fanáticos de la lidia, pero para el resto, fiesteros y veraneantes, son simples gladiadores que bajan a la arena a entretener hasta que cae la noche. La puerta grande la tienen prácticamente asegurada, confiesa un hombre con polo y boina que acompaña a los músicos. Muy mal debería dárseles la faena. No son Roca Rey ni el Juli, pero esto tampoco es la Monumental de Barcelona, las Ventas o la Maestranza. El toreo aquí se aleja del estricto sentido cultural que ve la élite cosmopolita y pasa a ser una fiesta sin tesis pero con infinitud de argumentos. Sin preguntar, uno encuentra una lluvia no solo de defensas, sino de justificaciones sobre por qué aquí sigue habiendo toros. La conversación siempre acaba de la misma manera: ensordecida y truncada por los aplausos del público y los gritos de los niños que, aupados en la barrera roja del foso, piden al torero que les regale una oreja.

El toro, tras media hora en el ruedo, no puede estar más fatigado. El banderillero y el rejoneador han cumplido efectivamente su labor y la fiera es ahora un ser lento y pesado de trescientos kilos y muchas dudas. El lomo le brilla, y no es sudor lo que destiñe. El público sigue merendando. Algunos ni han comido, porque la madrugada se alargó más de lo esperado, y es ahora cuando comienzan a alimentarse y a sentirse de nuevo personitas. El torero recibe desde un lateral de la plaza la espada. Al empuñarla, golpea al sol, todavía incisivo, y deslumbra a los presentes. El animal, que ya ha gritado suficiente cuando las banderillas, calla y da la sensación de que otorga mientras es enfocado por el torero. La carrera es limpia, la estocada precisa y el recorte hábil. La incisión, sonora. Las entrañas, travesadas. La ovación, unánime. Pañuelos en la grada.


Enganchado por las patas, lo que fue un toro sale de la plaza arrastrado por un tractor. Su lengua, totalmente flácida y muerta, dibuja un camino con curvas en la arena. La charanga toca y ameniza durante las labores de saneamiento de la plaza. El caja llora mientras redobla y no lo oculta. No es la primera vez que tiene que tocar en los toros, pero sabe que no será la última.

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