6/5/18

Cinco décadas saboreando dulces mentiras

Diego Manrique (Burgos, 1950) lleva desde principios de los setenta traduciendo. Traduciendo, lo han leído bien. Traduciendo música. Traducir, al fin y al cabo, no es otra cosa más que acercar. Y él es uno de los mayores intermediarios entre la música, entendida como fenómeno de masas, y el público español que ha conocido nuestro periodismo. Escribe en EL PAÍS desde 1983, pero previamente ya había participado en alguna que otra gran efeméride del gremio, como la creación de Radio 3 allá por el año 1979. Fue padre de nuevo en 1998, cuando fundó la revista Efe Eme. No existe músico destacado de la segunda mitad del XX y lo poco que llevamos del XXI que no le haya mirado a los ojos y le haya contestado con sinceridad. El Premio Nacional de Periodismo Cultural, que le fue otorgado en 2014, es solo el humilde homenaje que la prensa y la cultura musical española pueden rendir ante la inabarcable, fructífera y dilatada labor de Manrique a lo largo de casi cinco décadas. Jinetes en la tormenta (Espasa, 2013) es la compilación de algunas de sus más exitosas críticas musicales publicadas en EL PAÍS.




Riders on the storm es el título original de uno de los más conocidos temas de The Doors. Salió en 1971, y es la última canción que publicó el legendario grupo californiano antes de la muerte del sempiterno vocalista Jim Morrison. Este psicodélico rock, por el contexto que le rodea, la instrumental y la tétrica letra que lo compone, es considerado un fetiche para los amantes del vinilo. Manrique, pese a tildar la lírica de la canción como “terrorífica” en el prólogo de la obra, muestra inmediatamente devoción por esta composición y la califica como “una mentira dulce”.

Desde el punto de vista estructural, Jinetes en la tormenta puede y debe ser analizable de dos formas: según cómo han sido ordenados y distribuidos los artículos, y según qué forma adquiere cada una de las columnas.
El libro está dividido en seis grandes bloques. Parecería que la mejor forma de ordenar los artículos es cronológicamente, pero Manrique logra clasificar sus textos según la categoría o características de sus protagonistas. El primero de ellos, “Venimos de África”, es un repaso de las grandes voces negras que ha conocido la segunda mitad del siglo XX. El jazz, el soul o el blues son los estilos predominantes en estas páginas, en las que el autor también lamenta cómo el peso racial se impone a la innegable superioridad de la voz del pueblo negro sobre el blanco. Es aquí donde aparecen iconos del tamaño de James Brown, Billie Holiday, B. B. King, Miles Davis o Michael Jackson. Este último, por partida doble: su muerte merecía confirmar que todo lo que tuvo de universal sobre los escenarios le faltó cuando se bajaba de ellos (“Fue astuto para hacer negocios pero nunca supo gestionar su vida”).

“Raros, malditos, insumisos” es el segundo bloque. No necesita descripción. En él descansan (no se sabe si en paz) las grandes estrellas caídas de la música de las últimas décadas. Sobre esas líneas está presente la reencarnación del malditismo de Baudelaire, las cicatrices sin remedio del exceso que conlleva el triunfo. Amy Winehouse, Jerry Lee Lewis o Phil Spector son solo algunos de los legados que yacen en esta cripta, este cajón de sastre sin etiqueta posible.

El tercer bloque lleva por título “Los colosos”. Diríase que nos hallamos ante el clímax del articulario de Manrique, pero no es así. Se trata de las grandes figuras del rock de todos los tiempos, pero la masificación los ha convertido en comunes y típicos. No obstante, el tratamiento del autor sobre estas leyendas (de los Beatles a Coldplay, de los Rolling a Dylan, de los Who a U2, o de los Doors a Bowie) no será nunca vulgar, como veremos más adelante.

“Los mejores años de nuestras vidas” es el cuarto grupo, y recuerda tal título al de un recopilatorio de cualquier artista de la Movida. Los pronósticos aciertan: es hora de leer sobre Los Secretos, los trágicos Vega y Cano, los actuales Fito y Bebe o los inmarcesibles Serrat y Sabina.

Nos trasladamos hasta la América hispana para el sexto apartado del libro. “Así suena las palmas” repasa las voces que han marcado el territorio sonoro con el exotismo y la calidez del reggae y la bossa nova. Desmond Dekker, el perenne Bob Marley y el más cercano Calamaro.

Manrique reserva para el final sus mejores cartas, su más viejo vino. “La sacristía” guarda las reliquias del arte musical, el alimento bendecido para el amante de los acordes de una Gibson. Se trata de las joyas de la colección del periodista burgalés. Son nueve artículos: tres giran en torno a los Beatles y otro en específico a la figura de Lennon. También encontramos uno dedicado a Aleister Crowley (que no fue músico pero sí tuvo relación con grandes pilares del rock. Su modo de vida, tal y como se explica en el libro, disgustaría hasta al propio demonio, lo que le convierte en “una rockstar prematura”) y a Keith Richards (guitarrista de los Rolling). Los discos prohibidos durante el Franquismo y las teorías de la conspiración sobre gobiernos que quisieron derrocar el rock por su poder de llamamiento social cierran el olimpo de las grandes columnas de Manrique. Teoría pura que debe inyectarse en vena todo aquel que quiera considerarse seguidor del fiero arte de los vatios y los decibelios.

Es en el formato de cada artículo donde uno se da cuenta de que Jinetes en la tormenta no es un libro de iniciación a la historia de la música del siglo XX. La inmensa cantidad de efemérides, nombres propios de artistas, grupos, empresas y canciones y otros parámetros concretísimos de la jerga del rock convierten su lectura en un ejercicio, en ocasiones, de compleja elasticidad intelectual. Pero la gramática es acertada. Manrique no se eleva cual divo de la estilográfica, sino que acude a expresiones blandas pero bien enfocadas, vocabulario ágil y constantes recursos casi pictóricos para hacer sobrellevar la abundancia de datos y concreciones que precisa el texto. Una introducción previa a cada crítica ayuda, más si cabe, a la comprensión y contextualización de cada artículo. Las comparaciones y metáforas permiten materializar todo lo que nuestro oído debería experimentar al reproducir al artista mentado. A Sam Cooke le concede la friolera calificación de “la voz suprema del siglo XX”, pero explica con absoluta plasticidad por qué: “es la voz más cálida, más dúctil, más emocionante del siglo pasado. Escucharle es como paladear chocolate caliente derramado sobre un helado: un torrente de dopamina”.

Diego A. Manrique no coincide con aquella imagen de crítico soberbio de gafas de cristal tintado. La “Doctrina Cifu” (la vida es corta: para qué hablar de algo que no nos gusta, pudiendo hacerlo de algo que nos encanta) late en su interior. No obstante, y dejando de lado el carisma del bueno de Juan Claudio Cifuentes, Manrique tiene el don de los justos, que no es otro que opinar sin faltar a la verdad. Y sin dañar ni destruir. Solo así, con puentes tan fabulosos entre sociedad y producto cultural, se erigen las artes que se estudien dentro de tres o cuatro centurias. Y la música, no cabe duda, será de las pocas flores que pongan color al recuerdo del negro siglo XX. Larga vida al rock and roll.


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