22/4/18

Ni vivir para contarlo

Visitar tiendas de discos de vinilo un sábado por la mañana es como tratar de entrevistar a un cura a la hora de misa: tarea casi imposible. Las del centro de Valencia, que no son pocas, son cubículos estrechos y claustrofóbicos, recargadas como templos barrocos y abarrotadas de fieles que se pasan la semana deseando que llegue el viernes por la noche para sacar la chupa de cuero negra y comenzar la peregrinación del hobby.



Los propietarios de estos jugosos tugurios no tienen tiempo para atender preguntas como esta, pero levantan las cejas y ríen sorprendidos cuando se les interpela por la Ruta del Bakalao. “Eso es historia”, me comenta el primero al que asalto, mientras canjea un Ramones. No creo que se refiera al sentido más positivo de la expresión. “Hay demanda, pero no es lo que era. Cada vez se vende menos”, asegura un ajetreado encargado de otra de estas capillas, no muy alejada de la primera ante la que me santiguo para entrar. Suena un rock español casi pleistoceno, parecido a Fórmula V. Sin rebuscar apenas, aparece un vinilo de Bayo. ¡Esto se mueve! por título. En la cara de detrás se agradece “a los incondicionales de la noche valenciana” y a los “templarios de la discoteca El Templo de Cullera” los decibelios vocales que ayudaron a crear los coros en directo de la grabación. 23 de marzo del 91.

Ando por la Plaza de San Agustín. Pienso en el puntazo que supondría encontrar un devoto de la Ruta buscando un vinilo concreto, un stradivarius del género bakala. Vicente, tocayo guardián de Discos Oldies, una minúscula tienda casi escondida en la oscura calle de Nuestra Señora de Gracia, me avisa de que no es raro hallar fanáticos de los noventa merodeando entre sus cajas. “El movimiento fue una moda como otra cualquiera”, me dice. La música, como la literatura y el cine, es fetichista como pocas artes. “Justo antes de que llegaras, le he vendido una versión de 1940 del pasodoble Valencia a un señor que lo iba buscando”, añade para ejemplificarme aquello de que para gustos, acordes.

Discos Oldies es una planta baja que, tirando por lo alto, dispondrá de 20 metros cuadrados para acoger decenas de miles de discos. Huele como en casa de mis abuelos cuando entrabas en la habitación del tocadiscos. No me pidan más concreción; solo sabría describir ese aroma intenso, oscuro y sintético si vuelve a entrar por mi pituitaria. Varios tubos de neón colocados a la altura de la cabeza del visitante proyectan una luz que, unida al gotelé, invita a pensar que las décadas no han pasado para este establecimiento con sustancia. En uno de sus rincones, un cajón guarda, hombro con hombro, la sexta de Beethoven interpretada por Karajan en Berlín con un disco de Bertín Osborne.

Vicente asegura que aquellos años han dejado huella, pero no legado. “El perfil del comprador que pregunta por este tipo de productos es mayor de 50 años. Vivió aquella época desde dentro”. ¿Y las generaciones más jóvenes? “A veces compran, pero solo para desguazarlos musicalmente: sacar samplers, melodías, coros o efectos”. Me lo cuenta mientras cambia el disco que se estaba reproduciendo sin mirar la operación, como si llevara toda la vida manejando gramolas. Saca un Stereoscope de color rosa chicle que me recuerda más a la BSO de The Pink Panther de Mancini que al onírico resultado que comienza a nacer del contacto con la aguja. Yo, aturdido como el que admira un trabajo de artesanía medieval, pienso en lo poco romántico que resulta Spotify. “Últimamente no sacan ni recopilatorios”, añade tras unos instantes de silencio.

“Fue una locura”, repite constantemente tras preguntarle cómo se vivió la fiesta. “Venían autobuses de Galicia, de Cádiz, de Bilbao, de Barcelona. Desde Madrid, una exageración. Tres días estaban sin parar”. Me explica el “efecto Benidorm”: Europa entera giró la vista hacia Valencia y sus legendarios 30 kilómetros verticales de la carretera de El Saler, “aunque para ellos, todo esto era Benidorm”, exclama entre risas.

Muchos de los protagonistas de aquella etapa, entonces catártica y ahora agridulce, viven hoy “casi de la mendicidad”. “Todo pasa factura”, piensa Vicente, que reflexiona, más allá de los siempre conocidos excesos del momento, sobre cómo “cuatro o cinco empresarios” se acabaron lucrando del desenfreno de una generación a costa de mitos hoy relegados a ángeles caídos. “De vez en cuando se dejan ver por aquí”, como el agnóstico que pasa por delante de la parroquia del barrio en el que creció. Queriendo recordar, queriendo asimilar.
Me cuestiono cómo es posible que el olvido condene de tal forma al fenómeno internacional que esta tierra hizo nacer. Probablemente el secreto del derrumbe y de tal decadencia resida en la propia tesis de la fiesta, y el pseudónimo destroy confirme que la Ruta del Bakalao se acabó convirtiendo en un vórtice mortal, un agujero negro que terminó por engullirse a sí mismo. Ni vivir para contarlo.




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