14/2/18

Cuando cayeron las bombas



Cuando cayeron las bombas, me contaba mi abuelo, nadie se lo esperaba. A él le pilló trabajando junto a su hermana en l'hort dels Trenor. Era una casa de campo inmensa, entre lo que hoy es el barrio manisero de Socusa y el Barranquet que delimita con Quart. Mi familia, durante varias generaciones, labró y vivió de los cuidados de la huerta de aquellos señores. Cinco añitos tenía mi abuelo. Su hermana, algunos más. 
El día que vieron llover bombas, me decía, corrieron a agazaparse en una acequia de las que canalizan el riego de los huertos. Me costó ponerle cara de niño a mi abuelo, imaginarlo cubierto de tierra hasta los tuétanos y asomándose entre tallos de rábanos a ver si esa lluvia de metal y odio a discreción acababa de una vez. Por supuesto, no logré visualizar aquel momento en color. Me construí en mi mente una escena al más puro estilo Salvar al soldado Ryan, pero en versión infantil. Resultaría gracioso si no fuera porque la situación ocurrió de verdad y mi abuelo vio caer proyectiles a menos de 150 metros de distancia.
La razón de entrevistarlo residía en un reportaje de investigación local que debía entregar en la universidad. Aquellas batallitas me las creí desde el primer momento porque existen fotografías aéreas de la aviación italiana bombardeando Quart y Manises en marzo del 39. Es una historia espectacular, como todos los testimonios de la Guerra Civil.
Ya de camino a casa, mi padre y yo comentábamos que era una pena que todos estos relatos quedaran en el tintero. La gente que vivió aquello no tiene conciencia de proeza. No ven épica en sus recuerdos ni gestas en los cuentos que narran a sus nietos. Hicieron de héroes por inercia, no para contarlo. Para una generación como la mía, que vive y actúa para conseguir likes, es complicado entender este nulo deseo de protagonismo ante tales efemérides. Sentí que había sido una gran idea sonsacarle este vestigio.


"Cuando cayeron las bombas" fue la última conversación larga, coherente y retrospectiva que pude mantener con mi abuelo. El tiempo dirá si aquel diálogo al sol entre tres hombres de sucesivas generaciones es algo más que un recuerdo imborrable y tatuado sobre mi conciencia. Ante la magnitud de un adiós, me vuelvo pequeño, minúsculo, párvulo. Tiemblo y me acurruco en un pozo ciego y colapsado de llanto. Otros sacaron la cabeza y miraron de frente a las bombas. Esas que llueven de repente, cuando nadie se lo espera. Las que más duelen. Gracias por tal lección de vida.

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