15/12/17

Vicente Aleixandre

A Aleixandre lo conocí como quien conoce a alguien esperando el metro: leve y efímeramente. Su nombre apareció en la larga lista de la Generación del 27 y yo, generación del 97, de 16 años, no sentí curiosidad alguna. Era 4º de la ESO, y por aquellas edades uno rechaza los libros de texto casi tanto como ahora los abraza. Durante la rebelión adolescente, que siempre es estúpida, a cada uno le da por una cosa.




En las puertas del selectivo imagino que volvió a aparecer el maldito apellido de Aleixandre, pero yo, nosotros, estábamos más centrados en los finiseculares y modernistas, que era lo que nos podía meter o no en la carrera. Fue, por cierto, Valle-Inclán el que me dio el último empujoncito mientras me decía "bien hecho, chico". También me comentó que en el periodismo iba a necesitar más referencias que notas, pero apenas presté atención. Me di cuenta después.

El año pasado, durante el día menos pensado, apareció en clase mi querido amigo Leo con un libro bajo el brazo. Poemas de Aleixandre. Déjame que lo hojee. Por supuesto, toma. Ya me lo das luego. Adiós a la clase, que creo que era de derecho, porque estábamos sentados en el fondo sur cual peña ultra. Le devolví el libro con envidia y los dientes apretados: ha sabido sacar tiempo para Aleixandre. Ha priorizado.

Antes leía más poesía que ahora. Y regalaba también más. Hoy el ensayo, el dietario y la columna lo invaden todo en mi estantería. Solo Aramburu me sacó a pasear un poquito por la literatura gruesa hace unos meses. Solo por influencia materna he leído algo de Diego y, sobre todo, Salinas. "Es el poeta del amor", me dijo. Así que probablemente lo debe ser él y no otro. Ella, solo ella, me presentó a Pla, a quien también conocí esperando el metro. Pero, casualmente, no se desvaneció: íbamos los dos al mismo destino.

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