12/12/17

Operación Triunfo

Resulta que, desde hace unas semanas, Operación Triunfo está siendo el gusanito que mejor alimenta a los pajarillos azules de Twitter. Todo el día piando sobre ello. No seré yo quien critique el programa: parece que ha logrado atraer a la turba como hacía años que no lo conseguía la televisión. Y encima, ojo, la televisión pública. Ayer mismo, leía una conversación en un grupo de WhatsApp en la que se hablaba de Amaia con una frescura, jovialidad y proximidad que hicieron que, durante un buen rato, pensara que Amaia era una de las miembros del grupo de chat y no una concursante.




Llevo casi tres años dándole la razón a Pablo Iglesias en eso de que la política se ha vuelto sexy. A mí me resulta muy sexy (la política, no Pablo), pero sexy realmente es Operación Triunfo. Solo así entiendo que ayer también, en el metro, dos grupúsculos de universitarios debatieran sobre quién es su favorito para la siguiente gala y no sobre qué estrategia electoral para el 21D les convence más. Y eso que los debates electorales televisados ya parecen más una batalla de gallos de la Red Bull que un duelo intelectual. Total, que en juego está saber quiénes serán los bustamantes, bisbales y chenoas de dentro de diez años.

Arrimadas, que se ha visto de la noche a la mañana con aspiraciones de pelear por algo en las urnas, debería estudiar el caso de éxito de los triunfitos. Cómo han enamorado a la masa. Cómo no se habla de otra cosa. Cómo han conseguido que la juventud se sienta partícipe del fenómeno y del cambio gracias a su voto por sms. Debe hacer suyo aquello de "la audiencia ha decidido...". A Albiol, de hecho, ya lo han expulsado de este concurso. Iceta tira más hacia Mira quién baila. Y el Gran Hermano, el orwelliano, ya sabemos quién lo juega.

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