3/7/17

James Morrison se rodea de su familia para impresionar al Palau de la Música

Pagar para ver a James Morrison no duele en absoluto: es como pagar para ver cuatro o cinco conciertos de jazz. Todo tipo de trompetas, trombón, piano, saxofones… Una big band concentrada en un hombre de pequeña estatura pero impecable estilo y cordialidad.




El australiano llegó al XXI Festival de Jazz de Valencia junto a su cuarteto para tumbar mitos y matar tópicos sobre el personaje que hay detrás del que es, probablemente, el mejor músico blanco del jazz de las últimas décadas. Consiguió una velada divertida e impresionante pero siempre sobria y elegante. Lo poco gusta y lo mucho cansa, y los numeritos circenses ya no son propios de un hombre que ha tocado como solista delante  de la Reina de Inglaterra o de dos Presidentes de los Estados Unidos.

Así, Morrison firmó un concierto memorable, de piezas largas y suaves, que se calentaban y enervaban al ritmo de las improvisaciones. La selección de temas, otra delicatesen: desde obras de William Morrison, su hijo, hasta Duke Ellington, para acabar con el necesario Autumn Leaves. Un finísimo repertorio para un cuarteto joven y con gran proyección. William y Harry Morrison, a la guitarra y contrabajo respectivamente, mostraron con apenas 19 y 21 años que la genética traspasa las mejores cualidades de los progenitores. Patrick Danao, batería, dio toda una lección de detallismo percutivo. Con brushes, mazas, las manos o incluso los codos, el joven músico ayudó a crear una atmósfera jazzística elegante y ciertamente elitista.

El legendario trompetista hizo gala de su dualidad sonora casi inimaginable: oscuro y brillante a la vez. Muy versátil, elástico, ligero. Pasaba rápidamente del trombón a la trompeta, sin ningún atisbo de dificultad de adaptación. Además, demostró ser un gran pianista de jazz al interpretar Take the A train, tema con el que consiguió lo insólito: que el público ya aplaudiera y ovacionara al cuarteto a falta de minuto y medio para acabar la obra.

Tras el increíble recital, solo tengo palabras de desprecio para la naturaleza, que realmente no es sabia. O, como mínimo, no le gusta el buen jazz. No encuentro otra explicación para que James Morrison no tenga más bocas, más dedos, más manos y más años de vida para hacernos disfrutar de un virtuosismo único y sin precedentes.

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