26/10/16

Perseverar en el ser

Decía Borges en El hacedor que Spinoza, cabeza del racionalismo junto a Descartes y Leibniz, entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Aburrido ya de tanto Murakami, Pedro Sánchez ha debido leer al argentino para poner en práctica y demostrar esta tarde, por si no se sabía ya, que su "no" eternamente quiere ser "no", y lo que es peor aún: Pedro Sánchez quiere ser, perpetuamente, Pedro Sánchez. 













Aquellos periodistas o críticos que osen considerar el discurso de hoy de Mariano Rajoy como una mera copia del pronunciado el pasado agosto, simplemente por su carácter plúmbeo y profundamente burocrático, están cometiendo un error. Los constantes guiños y agradecimientos a Ciudadanos, así como sutiles pinceladas y miradas de reojo al PSOE suponen la apertura del PP hacia un sistema de pactos. El candidato ha recordado en varias ocasiones la necesidad de cooperar y trabajar en equipo, dejando de lado diferencias ideológicas e intereses de partido. El siempre avispado gallego tiende su mano derecha para pactar, pero vigila con mano dura (la otra, la izquierda) que no se produzcan chantajes ni incumplimientos. 
Rajoy ha insistido en diversas ocasiones en el pacto que supone, de momento, un cambio en educación. Ha reconocido con humildad la suciedad que ha salpicado la honestidad de su grupo, pero su buenismo no comporta idiotez: quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. La reforma laboral y la cuestión catalana, consideradas de pasada durante el debate de hoy, se postulan como principales balas para los duelos dialécticos de mañana.

Pero el verdadero personaje de la tarde ha sido Pedro Sánchez. No aparecía públicamente desde que dimitió como secretario general del PSOE, y es sabido que realizó algún viaje familiar para desconectar. La leyenda urbana que aseguraba que podría volver a presentarse como líder del partido prácticamente estaba disipada, dada la inactividad y desaparición del madrileño. Hasta que hizo acto de presencia esta tarde.
Mientras sus compañeros de partido, mezclados pero no revueltos en una reunión entre la Gestora y el grupo parlamentario, discutían sobre qué grado de abstención manifestar (técnica o total), Sánchez piaba, con su peculiar voz engolada, un tuit en el que aseguraba que estaría en el Congreso y que su votación en el primer recuento sería "no". Su llegada fue la más mediática de todo el hemiciclo, y con un tono al principio mecánico, y luego más violento, repitió en bucle la consigna "el sábado será otro día". Su atuendo, con cuadros muy grandes, y lejos de las blancas camisas con lucientes corbatas que suele mostrar en el Congreso, denotaba una informalidad más cerca del pasotismo que de la casualidad. No era su investidura, no era su partido. Cabeza baja durante el discurso, cuchicheos con Patxi López, 53 minutos sentado, y a casa, que juega el Madrid. La salida, igual de esperada y abultada. Se siente incomodado de nuevo, pero porque es la apariencia que quiere transmitir: normalmente entra por la otra puerta, donde no aguardan los medios, esperando conseguir un gesto de victimismo como el de hoy. Su declaración, la misma. 

El sábado será otro día, pero Pedro Sánchez seguirá siendo Pedro Sánchez.

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