11/9/16

The Falling Man

Recuerdo que tenía nueve años la primera vez que la vi. Lo recuerdo por el pánico que sentí al observarla, con incredulidad total, en la pantalla de mi televisión. Era el quinto aniversario del 11S y, desde entonces, no he hecho más que convivir con la fotografía.
Hoy, un poco más cercano a las canas y a la idea de la verdad platónica, me atrevo a decir que el pánico que sentía al posar la vista en la imagen se ha convertido en una mezcla entre belleza formal y terror a la misma vida. Y sé que este binomio es posible porque sé que el ser humano genera en otro ser humano, aparte de estas dos sensaciones contrastantes, poco más.





La famosa fotografía de Richard Drew —quien fuera testigo, además, de la muerte de JFK— ha pasado de ser censurada por todos los medios a convertirse en el mayor icono de lo que, de momento, se considera el hecho fundamental del siglo XXI. Sin sangre, sin humo, sin cristales rotos ni dolor. La imagen muestra una tranquilidad y parsimonia estremecedora, propia de alguien que parezca acostumbrado o incluso preparado al destino que pocos segundos después le espera. El periodista Tom Junod asegura que, si no supiéramos que está cayendo, podríamos creer que vuela cual ave rapaz.

El simbolismo y metaforismo que acompaña a esta foto ayuda a unificar, más si cabe, al pueblo norteamericano ante lo que ha sido el peor bache en décadas —mucho peor que el desastre del Challenger—.  La caída desde el cielo bursátil o el mundo al revés que tuvo que observar aquel hombre son algunas de las relaciones poéticas que acompañan a lo que es algo más que una simple imagen.

En cuanto a la identidad del fotografiado, es un misterio. De las casi 3.000 víctimas del 11S, apenas se recuperaron unas decenas de cadáveres intactos o con leves daños. Su búsqueda sigue intrigando a investigadores y periodistas. 
En 2006 salió a la luz una de las teorías más creíbles y factibles: Jonathan Briley, de 43 años y origen latino, y trabajador en el restaurante Windows of the World —ubicado en las últimas plantas de la Torre Norte del World Trade Center— cumplía con los rasgos físicos y vestimenta requerida por sus familiares. Era asmático, lo que hizo aumentar las sospechas de que no podría aguantar mucho tiempo inhalando el humo que subía de las plantas inferiores. 
Su familia, en un documental realizado sobre el tema, muestra una cierta división de opiniones acerca del destino de su allegado. Profundamente creyentes, sus seres queridos no acaban de aceptar a su desaparecido padre, hermano y esposo por la cobardía que supuso saltar por la ventana, lo que le llevaría hacia una muerte segura, en lugar de luchar hasta el último momento o incluso ayudar a toda la gente que allí se encontraba atrapada. La reflexión a la que los propios familiares llegan al final de la entrevista, confirmada también por el gobierno norteamericano, es que nadie se suicidó aquel 11 de septiembre de 2001. Hubo gente inducida a saltar contra su voluntad. Por eso se intenta no llamarlos jumpers ("saltadores"). Este hombre, concretamente, es The Falling Man, el hombre que cae.

Este escrito es un homenaje a todas las víctimas de aquel fatídico 11 de septiembre de 2001 en el XV aniversario de la masacre, en especial a las cerca de 200 personas que fueron empujadas por el odio, el miedo y la soledad a saltar hacia un vacío del que solo con el recuerdo y la honra como héroes se puede salir.

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