19/9/16

Llamemos a las bombas por su nombre

Sr. Alcalde:

Me dirijo a usted a través de esta misiva con la breve y directa intención de mostrar mi desencanto con su actitud frente al grave problema que vive desde hace días su ciudad, Nueva York. Lo que ayer, rápida y felizmente, se apresuró a calificar como un incidente no relacionado con el terrorismo internacional ha sido negado por su presidente, Barack Obama. Él mismo ha confirmado la detención de un ciudadano americano de origen afgano y la búsqueda, por parte del FBI, de una célula integrista, madre de todos los actos que han disparado las alarmas este fin de semana en el país yankee



Usted, señor Bill DeBlasio, con una pasividad más propia de los políticos españoles que de sus valores patrióticos a los que America nos tiene acostumbrados, excluyó a Nueva York de la crisis que el mundo occidental vive desde hace meses. Un virus que infecta, desde fuera, a generaciones que son ya el núcleo de capitales europeas y americanas, y que hace que el problema resida y ataque desde dentro. Y usted se encarga de restarle importancia. ¿Trata de tranquilizar a la población? ¿Trata de no adelantarse a los hechos y evitar un discurso salpicado de racismo e intolerancia, como buen progresista? ¿Trata de convertir lo inconvertible en simples hechos aislados?

El señor DeBlasio no contaría, intuyo, ayer con la suficiente perspectiva como para deducir que la explosión de una bomba al paso de una carrera solidaria de marines en Nueva Jersey, el estallido de otra en el barrio neoyorquino de Chelsea (29 heridos), el fallecido y ocho heridos por apuñalamiento en un club de Minnesota, la detonación controlada de otro artefacto en un piso, nuevamente en Chelsea, y la aparición de una mochila-bomba en Elizabeth (Nueva Jersey) son el resultado de una oleada de ataques terroristas premeditados. Todos los hechos ocurrieron en menos de 48 horas. Menos de las necesarias para que el señor Alcalde señale públicamente sus objetivos. Una actitud chocante y contrastante en comparación con la de Hollande, rápido y directo, prometiendo justicia ante los responsables de tales aberraciones.

¿Acaso es que siente usted vergüenza por lo que han conseguido hacer en su ciudad? ¿Vergüenza local porque de nuevo han transgredido la pureza de la sagrada Manhattan quince años después? ¿Vergüenza nacional porque, otra vez, estallan contenedores durante los maratones? ¿Y las medidas de seguridad? ¿Y el país más seguro del mundo? 

Probablemente, sus miradas hacia otro lado no hagan más que confirmar lo fácil que es hacer daño y pinchar el mismísimo corazón del mundo occidental. Y ustedes lo han permitido porque creyeron, de nuevo, que serían inatacables. Y para solucionarlo tendrán que hacer ver a la población la crudeza de la situación, al igual que los líderes europeos han hecho. Ya está bien, llamemos a las bombas por su nombre.

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