25/8/16

Temblores estivales

No sé qué día es. Martes, creo. No. Es miércoles. No sé ni ubicarlo en el calendario. Gajes del verano: pierdes la noción del tiempo, del espacio y, casi, hasta de la existencia propia. Lo más parecido a un saco amniótico es el mes de agosto, en el cual flotas, adormecido  y amodorrado por una tórrida sensación, hasta dar a luz, de morros, con el laboral septiembre.
Este hastío bovariano es crónico y probablemente degenerativo, con los años se agrava. También suele ir acompañado de cierto sentimiento de culpa, que, a rara avis como yo, de vez en cuando nos pasa factura al ver el mundo que nos rodea. Ayer, solo me bastó con abrir Twitter y ver que la tragedia esta vez se medía en grados Richter.




Cansados de no hacer nada. El verano es la época de desconexión. Tan necesaria como contraproducente, ya que, para el tiempo, las vacaciones no existen. Cada día vale lo mismo. Da igual que estemos en noviembre, abril o agosto. Nos dedicamos a tirar días por el desagüe de la ducha de la piscina, sin pararnos a pensar que el reloj de arena sigue vaciándose.

No considero el periodo estival como una época nula, pero sí pienso que el ritmo y la concepción de nuestras vidas cambia. No somos conscientes de la simplez que rodea nuestro día a día durante estas semanas de bañador, pelota de Nivea, canciones de Juan Magán y verbena casposa a la fresca. Podríamos empaparnos de algo más que de agua salina o agua clorada.

Y somos nosotros, los ya mencionados rara avis que adolecemos la reforma del calendario juliano —con la consiguiente creación de julio y agosto—, los primeros que somos desagradecidos con el tiempo, ya que lo perdemos y dejamos pasar con la esperanza de que pase, de una vez por todas, esa montaña que es el octavo mes del año. Nos despertamos pensando que, gracias a Dios, ya ha pasado otro día. 
Mientras tanto, a la misma hora, en la región italiana de Lazio, unos se levantan bañados en una fina capa de polvo. Otros tienen que ser levantados. O desescombrados. 

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