3/8/16

Los Juegos del Hambre

La antorcha olímpica ilumina, con su candente y anaranjada llama, todo a su paso. En especial, el orgullo, tanto de sus portadores como de los anfitriones que reciben a la comitiva que desfila, sin prisa pero sin pausa, por anchas avenidas y estrechos suburbios de cualquier lugar del mundo. Ese orgullo, esa sonrisa, es el motor del espíritu olímpico, de la bondad y hermandad entre naciones, unidas por algo más que el deporte. Es, desde tiempos helénicos, el acto de conciliación y tregua entre pueblos, y la oportunidad, solo para unos pocos, de situarse a la altura de los dioses.

¿Qué diríamos si el nido de acogida de este fraternal encuentro intercontinental destacara por su putrefacción, desamparo e inoperancia, muestra de la otra cara del ser humano, la decadente e irresponsable? Welcome to Rio.


A escasos días del inicio de los Juegos Olímpicos, Río de Janeiro muestra una serie de problemas que ponen en tela de juicio el desarrollo de las pruebas y de la convivencia entre deportistas. Sin ir más lejos, la Villa Olímpica, que ya acoge a gran parte de sus atléticos huéspedes, destaca por sus goteras y fallos en sus instalaciones eléctricas. Además, las canalizaciones de gas han demostrado ser poco fiables y muy susceptibles a sabotajes y alteraciones.

Precisamente es la seguridad, tanto de los deportistas como del público, el talón de Aquiles de la organización de estos juegos. Brasil es uno de los países del mundo con mayor índice de criminalidad. Pueden confirmarlo nuestros compatriotas del equipo olímpico de vela, quienes fueron atracados en pleno centro de la ciudad, o el luchador neozelandés Jason Lee, que fue secuestrado por dos hombres vestidos con la indumentaria policial brasileña. 
Por si fuera poco, el gobierno confirmó hace escasos días la ruptura de contrato con su empresa de seguridad. Será el ejército, con un despliegue de 85.000 soldados, el encargado de velar por la seguridad de los más de 500.000 visitantes que recibirá la capital carioca durante 17 días. La detención, hace menos de un mes, de una célula terrorista que juró lealtad al Estado Islámico en pleno centro de Brasil demuestra el amplio abanico de violencia y crimen al que las fuerzas del orden van a tener que enfrentarse.

Si hay un invitado con el que no se contaba en estos Juegos, es el Zika. La enfermedad, cuyo epicentro puede localizarse en Brasil, ha sido el freno que ha impedido que muchos deportistas hayan decidido no asistir o que participen a regañadientes (como es el caso de Pau Gasol). La semana pasada, un grupo de médicos y científicos firmó un manifiesto en el que se pedía la cancelación de los Juegos, ante la amenaza de contagio y expansión del virus por todo el globo.

Y Brasil... Sigue siendo Brasil. Del auge económico con el que convenció y consiguió la plaza olímpica, allá por 2009, no queda nada: segundo año consecutivo en recesión, récord histórico de paro, crisis de gobierno (no se sabe exactamente qué equipo de gobierno presenta más cargo imputados, si el de Dilma o el que le obligó a dimitir, y ahora ocupa el poder), crisis de Petrobras, narcotráfico como religión, medios de comunicación silenciados, y unas cifras y datos incalculables pero sí imaginables sobre hambre, pobreza y miseria.


Este artículo, al fin y al cabo, es una advertencia. Ustedes no verán favelas, pero no porque el gobierno haya destinado las ganancias de la cita olímpica a erradicarlas. No verán droga, ni explotación, ni abusos. Solo sonrisas, color y samba. Ese exotismo tropical que mostrarán los helicópteros al sobrevolar las playas camuflará la degradación que están sufriendo las costas brasileñas y el problema (sin solución aparente) de las aguas fecales, con el que los atletas de remo y travesías tendrán que lidiar, bajo la atenta mirada de buitres carroñeros. Welcome to Rio.

Por último, es necesario recordar que Río ganó a Madrid en su candidatura olímpica. Visto el nivel, podemos aspirar a volver a ser olímpicos. Tan solo hace falta una gestión parecida. 
Ánimo, Manuela.

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