17/8/16

Historia de una sonrisa

Shanon no podía con los niños. No podía, principalmente, porque tampoco podía consigo misma. Estaba recayendo, y sabía que los servicios sociales no tardarían en actuar. Y así fue: el padre de Shanon, abuelo de los críos, quien había comenzado una nueva vida —se volvió a casar—, tuvo, después de mucho tiempo, noticias de su hija. Él sería el encargado de cuidar de los pequeños.
Está claro que la vida no sonrió a aquellas cuatro criaturas de Ohio. Lo que sí llama la atención es cómo una de ellas sonrió a la vida y salió de aquel agujero negro.






No sé diferenciar un carpado de un doble mortal hacia atrás, por mucho que Paloma del Río se rompa los sesos tratando de explicar la complejidad de cada acrobacia. Yo estoy aquí, pegado al televisor como un chaval al escaparate de un kiosco, para ver una sonrisa, un gesto, una actitud. Y esta chica bajita, musculada y metida a presión en un mono rojo con brillantes la tiene.

Mientras las chinas o las europeas del este —reinas históricas de la disciplina— fuerzan una sonrisa a mitad camino entre el pánico y el pavor, la afroamericana está suelta, confiante. La sonrisa es de verdad. Lo está disfrutando porque se ha preparado para esto. Tiene 19 años, pero parece que lleve medio siglo dedicándose exclusivamente a dar volteretas, saltos y colgarse de cualquier sitio. Y, además, a hacerlo con carácter artístico, que no es poco. Con ella sobre la barra no sé calcular dónde acaba el deporte y dónde comienza el arte.

El hecho de no lograr el oro en esta última prueba, su prueba reina, la barra, es el colofón de esta historia casi de película. Ese resbalón es una oda a la imperfección humana. El olimpismo moderno ya no consiste en alcanzar el Olimpo celestial, sino en superar los obstáculos que la vida pone dentro y fuera de la pista. Olimpismo es no perder esa sonrisa nunca, pase lo que pase. No habré aprendido de gimnasia estos días, pero lecciones de cómo afrontar adversidades me llevo unas cuantas en mi maleta.

Como ella bien dijo, no es la nueva Usain Bolt ni la Michael Phelps de la gimnasia, es la primera —y probablemente única— Simone Biles. La gimnasta de la sonrisa.

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