16/7/16

Yonquis de la fe

"Aquellos que dan su vida y mueren como el alacrán, matando, creen que conseguirán la vida eterna. Eso es lo que les han dicho, y para lo que han estado preparándose durante meses, quizá años. Pero el Corán niega rotundamente la entrada en el paraíso a estos, les da la espalda. Si además de suicidarse, quitan la vida a otro ser humano en esta acción, les espera el infierno. Y más allá de las creencias y valores religiosos de cada uno, aquí, en Occidente, no son vistos como héroes. A lo mejor lo son para una minoría, pero de gente que mira más allá de la religión, del civismo, y de la humanidad. Y todo aquel que no respete ninguno de esos tres pilares, difícilmente puede ser condecorado como “persona” de este siglo XXI."

Con estas palabras finalizaba las conclusiones de mi trabajo de investigación documental, realizado hace apenas dos meses. Los atentados de París, Bruselas, Boston, Londres, así como la amplia información que digerí acerca del 11 de septiembre de 2001 me invitaron a adentrarme en el mundo musulmán y en su punto de vista acerca del suicidio y de su uso como arma, ya que era elemento común en los citados ataques.
Con Niza he comprendido verdaderamente que, al elegir este tema, el trabajo no había hecho más que comenzar.






A lo largo del trabajo descarté una serie de términos que suelen aplicarse de forma incorrecta en relación a los autores de estos atentados: kamikaze (los japoneses daban la vida por valores patrióticos, no religiosos), inmolación (el hecho de inmolarse implica una ofrenda, un sacrificio o un esfuerzo, sin causar daños materiales ni a terceros) y suicida. Con esta última palabra, traté de diferenciar a los que acaban con su vida por problemas personales, de los que acaban con su vida con tal de alcanzar un premio edénico.

¿Cómo llamar entonces a los atacantes de Bataclan, de aquel Starbucks de Boston, del World Trade Center o del aeropuerto de Bruselas? No existe ninguna palabra que sirva para catalogar a un asesino suicida. Gabriel Albiac, en su formidable y reciente libro Alá en París, se aventuró a etiquetarlos como yonquis de la fe. No solo por las sustancias con las que conviven, ya que es conocida la relación de las células yihadistas con el narcotráfico, especialmente en su núcleo de captación europeo, Molenbeek. El problema llega cuando el islam se convierte en la propia sustancia. Para entenderlo, tan solo hay que echar la vista ligeramente hacia atrás, en dirección al paseo marítimo de Niza.

El atentado ocurrido en la capital de la Costa Azul no fue perpetrado directamente por el Estado Islámico. Se trata, en esta ocasión, de un lobo solitario, sin apenas conexión con grupos yihadistas o células durmientes (que abundan, cada vez más, en el corazón de Europa). El atacante es un joven franco-tunecino, con antecedentes penales por violencia doméstica que, con tres hijos, había comenzado los trámites de separación con su pareja. Se sabe, además, que atravesaba dificultades económicas. Ingredientes más que suficientes a la hora de entender algunos comportamientos humanos: hay quien tropieza fatalmente con el alcohol; otros, con las drogas; y, algunos, con el odio.
No hizo falta entrenamiento, no hizo falta financiación ni contrabando de armamento. La simplificación máxima del atentado. Un 11S a escala. Una matanza low cost


El Estado Islámico se encuentra en declive como potencia militar, pero no como potencia ideológica. Sus líderes llaman a la imaginación del lobo solitario, a crear e innovar en los ataques al mundo infiel. Europa se enfrenta a un nuevo tipo de violencia, solo evitable a través de servicios de inteligencia, capaces de adelantarse a los hechos. El intercambio de información entre países occidentales se convierte así en la piedra angular para combatir el integrismo dentro de sus propias fronteras. No obstante, compartir datos entre potencias supone sacar a la luz las fortalezas e intereses de cada país, algo que no todos los jefes de estado estarían dispuestos a realizar. 


Occidente debe hacerse uno para combatir el terrorismo. El interés común debe prevalecer sobre el propio, en un difícil momento para la situación interna de grandes naciones.
Lo vemos en el blanquinegro Estados Unidos, lo vemos en la autoexiliada Gran Bretaña, lo vemos en la flagelada Francia, en la España en funciones, o en la inestable Turquía.









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