18/7/16

La clase pirata

Aquellos que pasen largos periodos de tiempo conmigo, por obligación o simple devoción, conocerán mi debilidad por una fantástica serie norteamericana, Black Sails.
Cuando las grandes masas apostaron por Juego de Tronos, yo decidí seguir fiel a esta producción casi cinematográfica. Probablemente porque en ella veía una constante metáfora sobre nuestro país y su actual situación.



Black Sails es la precuela de la novela de Robert Louis Stevenson, La isla del tesoro. 20 años antes de la historia que conocemos, nació la leyenda de John Silver y el Capitán Flint,  personajes principales de la serie. 
El eje del relato es Nassau. Esta lejana isla es el hogar y escondite de miles de piratas. Es el centro de operaciones de los criminales del mar. No existe un lugar más parecido al infierno sobre la faz de la tierra. Inglaterra y España, grandes potencias navales y comerciales, evitan este territorio. No es tierra de nadie: el pecado y la anarquía afloran en esta región, que pone en duda la omnipresencia de Dios.

Sin tratar de salpicar de spoilers al lector, es necesario destacar que la lucha por la ínsula será la trama principal de la serie. Desde los señoríos tradicionalistas y casi feudales hasta los radicales corsarios, pasando por las salvajes tribus de caníbales o algún intento de hombre ilustrado: todos quieren el poder de la isla. Dominar Nassau supondrá dominar el mar.

En cierto modo, a España le ha ocurrido lo mismo que a esta pequeña porción de tierra flotante. El pueblo se cansa y se revela contra altas esferas que no representan los valores propios de la población local. La irrupción de nuevas alternativas, que buscan controlar el poder mediante alicientes y promesas a la urbe pirata, genera que las principales disputas ya no se realicen sobre cubierta, sino en los camarotes y tabernas. 

El mapa que se dibuja en estos momentos, tanto en Black Sails como en España, es el de una división protagonizada por el triunfo de los valores democráticos y liberales. Nunca los deseos de los votantes habían quedado tan bien plasmados y expresados sobre el lienzo. El problema es que es tal la fragmentación de ideas, que para conseguir el poder lo único que se puede hacer es llegar a un pacto. Y pactar es ceder. Y para un pirata, ceder es perder. Y para un político, también.

Con el pacto de Ciudadanos y PP, la política española ha comenzado a virar el rumbo, que desde diciembre se halla a la deriva, y sufre peligro de naufragar o de ser abordada por potencias extranjeras. Más allá de los colores de la bandera del nuevo pacto, es importante recalcar que algo, por fin, se mueve. Vuelve a soplar el viento para el galeón español. De no ser así, el próximo artículo podría escribirse basándose en otra gran producción de la pequeña pantalla. Perdidos.




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