27/6/16

El "sorpasso" que jamás existió

Rozaba el reloj las 8 de la tarde cuando las primeras encuestas a pie de urna vieron la luz. Pronosticaban algo previsto, pero apocalíptico: la coalición Unidos Podemos, al margen de la victoria del Partido Popular, se situaba por encima del Partido Socialista. Las israelitas  llegaban a colocar a Iglesias, Garzón y compañía con una ventaja de hasta 10 escaños, lo que abría la puerta a una investidura en la que el PSOE fuera un partido bisagra, y, por primera vez, Podemos ocupara la presidencia.

El tan aclamado sorpasso podía palparse, estaba más cerca que nunca. Pero, con la llegada de los primeros escrutinios, el sorpasso y el sueño de la nueva izquierda se volatilizó en cuestión de minutos.




De las primeras segundas elecciones de la historia de nuestro país se puede extraer diversas conclusiones. La primera, y como bien se ha explicado en líneas anteriores, hace referencia a las empresas demoscópicas y a las encuestas que realizan. Durante las últimas semanas, el sorpasso se convirtió en algo casi real, un adelantamiento posible y justificado, aunque no aceptado por todos. Las israelitas a pie de urna acabaron de sellar esta teoría, que se esfumó con la llegada de datos reales. Podemos, pese a la debilidad del PSOE, quedó muy lejos de lograr el ascenso. ¿Hasta qué punto estas encuestas inciden en el voto real? ¿Pueden manipularse para maquillar o desmaquillar a ciertos partidos, como ocurrió anoche?

El resultado de este jarro de agua fría, que, como bien señaló un destrozado Íñigo Errejón, sorprende "a todos", es la entrada en crisis de la nueva política. Parecía que esta era la gran oportunidad de la izquierda reformista y revolucionaria de plantar cara al conservadurismo, pero se quedó en un simple intento. El auge de la nueva política, el techo, lo encontramos hace un año, cuando el 24 de mayo, la alternativa se alzó en ayuntamientos y autonomías de toda España. Desde entonces, pese a llegar al Congreso, los resultados no son tan apabullantes como ellos mismos prometen. 
Por otro lado, también es necesario destacar el descalabro producido por la insatisfacción de una parte de los votantes de Izquierda Unida con el Pacto de los Botellines (de donde nació Unidos Podemos), que han optado por la abstención. Esa parece ser una fuerte causa del derrame de votos que ha sufrido el dúo Iglesias-Garzón. El (teóricamente) principal beneficiado, Alberto Garzón, tan solo ha conseguido un escaño más que en diciembre. Por tanto, cabe replantearse si la disolución de Izquierda Unida dentro de Podemos ha sido rentable para el propio partido.

Pero si hay algo que ha quedado claro en estas elecciones es que la población no quiere volver a repetirlas. La idea de realizar una tercera vuelta pone en evidencia el desgaste de la gente y la apatía que supone volver a pasar por las urnas. Son los partidos y sus líderes los que, por mucho que insistan en que es imprescindible formar gobierno cuanto antes y a toda costa, no pueden verse ni en pintura. Son ellos quienes desprestigian la democracia.

Ahora, la fuerza más votada debe insistir (más que antes) para envestir un gobierno. La cabeza de Rajoy, que más de uno deseaba eliminar para pactar, es ahora inamovible, ya que es el único que ha mejorado resultados. Ciudadanos debe gastar la única bala que le queda en tratar de pactar con el PP, y buscar la abstención del PSOE, que, a diferencia de lo expuesto al principio del artículo, ya no cumple un rol de bisagra. Además de no conseguir formar gobierno, deberá ceder para poder convertirse en oposición y evitar unas nuevas elecciones. Pese a que la última palabra la tiene el partido del puño y la rosa, su papel sobre el escenario político es inferior al visto en legislaturas anteriores. El futuro de Pedro Sánchez queda, por tanto, como el de España: en el aire.

No hay comentarios:

Publicar un comentario