29/5/16

Panem et circenses

La población de la Antigua Roma vivía bajo un sistema de fácil control. Regalar varios panes al día a todos los habitantes, además de configurar una jugosísima programación de ocio, basada en batallas navales, lucha de gladiadores o carreras de cuadrigas en el circo, fue el modus operandi de líderes como Julio César. ¿El motivo? Tener contento y entretenido al pueblo evitaba revueltas, e incluso hacía olvidar que todos los romanos tenían voz y derechos políticos. A esta vil estrategia se le otorgó el nombre de panem et circenses, en referencia a los dos elementos primordiales para su realización (la expresión pertenece al poeta Juvenal).

Más de veinte siglos después, y un poco más al norte (concretamente, en Milán), el panem et circenses volvió a demostrar su eficacia. El anfiteatro de San Siro se llenó para una nueva batalla de gladiadores.






Ha sido el evento que más espacio informativo ha ocupado a lo largo de la última semana. Hemos analizado la Final de la Champions desde todos los puntos de vista. Hemos comprobado a qué tamaño estaba el césped del estadio y hemos repasado la simbología de todos los tatuajes del capitán de uno de los equipos. Hemos recordado las últimas diez finales para tener una buena memoria histórica y hemos seguido a un hombre que se ha desplazado hasta Milán en su 600, pintado con los colores de su equipo. Pero periodismo no hemos hecho tanto.

El hecho de haber realizado este despliegue sin precedentes ha supuesto que la semana entera, en cuanto a valor periodístico, haya sido nula. La irritante actitud de las CUP, una nueva tragedia de inmigrantes que trataron de llegar a Italia (en concreto, unas 14000 personas a lo largo de toda la semana), las lágrimas de Rivera, la incertidumbre del brexit o los graves disturbios que se están produciendo en Barcelona son algunas de las noticias que el fútbol ha vuelto a silenciar. Y digo vuelto porque hace justo una semana nos encontrábamos ante la final de la Copa del Rey, ganada de forma moral por aquel bando que más banderas saca en televisión. Este año ganó el sector rojigualdo.

Pero esto va más allá de un simple partido y de obviar las noticias que esta semana puedan ser tendencia. A menos de un mes para nuevas elecciones, la gente ha demostrado mucho mayor interés por la Final de Milán que por el futuro de España. Nos hallamos ante un panorama totalmente desdibujado, una situación inestable, un país que lleva meses a la deriva con una presidencia en funciones, pero lo importante son las sensaciones del míster antes del partido. Nos aseguramos de que los jugadores hayan pasado una buena noche en el hotel de concentración antes de la final. ¿Nosotros podemos dormir sin saber siquiera la configuración del próximo sistema educativo?

En la semana en que hemos conocido que más del 40% de los españoles no puede permitirse ni una semana de vacaciones al año, hemos colonizado Milán. Decenas de miles de españoles se han desplazado hasta Lombardía para apoyar a sus equipos, lo que supone (aunque se considere una económica oferta), un gasto inusual. Aquí, en España, los bares y los contratos televisivos vuelven a hacer el agosto. Y luego a celebrarlo. A las 7 de la mañana de un domingo, todos de celebración en Cibeles. Ojalá ese espíritu en otras manifestaciones que también cortan el centro de la capital.

España cree que es la envidia de Europa por tener una Final de Champions con dos equipos nacionales. Podemos presumir, además de la Undécima, de la Enésima trama de corrupción que salpique a nuestros políticos y personalidades, aunque seguro que no acaparará la avalancha mediática que nos espera con la Copa de Europa. El fútbol es injusto, pero la vida más. Soy español... ¿a qué quieres que te engañe?

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