4/5/16

Cómo el cuñadismo beneficia a Podemos

Si hay una tendencia social que lleve meses de moda en nuestro país, es el cuñadismo. Las pequeñas idiosincrasias rancias de la población española tienden a ser asociadas con este mítico personaje familiar, siempre presente en momentos clave para dar su opinión o enseñar algo.
Es inevitable acordarnos de algún conocido al oír expresiones como "ya nos llamamos para hacer la paellita... Estamos en contacto" o "te tengo que decir dónde llevo a reparar el coche, más barato imposible". También nos pueden sorprender con unos cuantos truquitos con los que se han ahorrado unos eureles en la declaración de la Renta, o presumir de que tienen el mejor movimiento de muñeca de todo el club de pádel, al que llevan apuntados dos semanas.
Pero el cuñadismo traspasa fronteras, y la política es uno de sus grandes campos de acción.





El éxito del cuñadismo, el auge que ha vivido en el último año y medio, lo hallamos en la figura del dibujante del semanario "El Jueves" Pedro Vera, quien, semana tras semana, nos acerca detalles y elementos casposos de los españoles. Pero esto no es nuevo. Gustave Flaubert echaba de su casa a todo aquel que llegaba y se ponía a hablar del tiempo (Madame Bovary es, según los expertos, el colmo de la ranciedad). Camilo José Cela también dejó por escrito en sus trabajos dialectológicos para la Real Academia una serie de costumbres y dichos españoles que denotan que el cuñadismo viene de lejos.

Así, podríamos decir que el cuñado no se crea ni se destruye, se transforma. Y se adapta a los nuevos tiempos. Y los nuevos tiempos son política, mucha política. Y con ella, millares de expresiones rancias. "Ni de izquierdas ni derechas, yo soy español", "no hay pan pa tanto chorizo" o "me da igual azules, que rojos, que verdes... Al final son todos iguales" se sitúan entre los pilares del cuñadismo político. Pero también existen los tópicos personales con cada uno de los cabezas de partido: "Yo a Rivera lo veo sensato, es un buen chaval", "la de votos de señoras mayores que se llevará Pedro por ser guapete", "Rajoy es un mandao, yo veo a Soraya con más talante" o "cuando esto sea Venezuela, os arrepentiréis de haberles votado", referido a Podemos.

Y parece mentira, pero es este último partido el que más beneficios puede extraer de la creciente tendencia "cuñadil" que existe en España. El cuñadismo no es nuevo, pero ridiculizarlo (como ha hecho, por ejemplo, un servidor hasta estas líneas) sí.
¿Cómo aprovecha Podemos las burlas? Las comparte, las asume. El coletas asume sus pintas, Errejón asume que parece un crío. El grupo parlamentario asume que parece de todo, menos un grupo parlamentario. Y es más, se une a ridiculizar el cuñadismo.
La Tuerka, programa de Pablo Iglesias, dedicó en septiembre del año pasado un pequeño sketch en el que se realizaba una radiografía del cuñado típico español: amor por las cañas y los bares, enchufes y chanchullos en sus negocios, amiguismos, y una destacada sintonía por Albert Rivera, a quién el cuñado considera el cambio que España necesita. 
Por si faltara más, y tal y como se ha visto en otros análisis del cuñadismo, Rivera es un catalán que se siente español, por lo tanto un orgullo (el cuñado amenaza con no comprar Freixenet ni Cacaolat, y empezar así con el boicot). Con respecto a la inmigración e igualdad, suelen destacar las expresiones como "yo no soy racista, pero..." o "yo tengo amigos homosexuales".

Por tanto, la imagen que queda del cuñado es la imagen de una España rancia, retrógrada. La imagen de un personaje que se considera progresista, pero que vive en conserva. Estancado en tópicos y arcaísmos de la España profunda, pero que se cree moderno por llenar Facebook de fotos de almuerzos. Aquí, sufriendo.
No es difícil entender así la conducta de Iglesias y compañía, que se suben al carro de difundir el cuñadismo, de reírse de él. De reírse de España. Crean el contraste necesario para hacer ver que España necesita despertar, reaccionar a la cultura de la siesta y los toros. Este efecto espejo, que hace que los políticos se rían de aquellos que hacen bromas de ellos, es sinónimo de "esto es ridículo. Si a usted también le parece ridículo y desea acabar con el cuñadismo, esta es la alternativa".

Pero no nos engañemos. Si usted advierte que tiene un cuñado, dese cuenta de que, inevitablemente, usted también lo es. Lo mismo les ocurre a ellos.








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