13/4/16

The ecstasy of gold

En 1966, el italiano Sergio Leone estrenaba una de las películas más exitosas y laureadas de su carrera, y también de la historia: El bueno, el feo y el malo.

Para aquellos que no lo conozcan, este film (perteneciente a la conocida como "Trilogía del Dólar") narra la historia de tres hombres que, en plena Guerra de Secesión norteamericana, buscan un importante tesoro. ¿El problema? Cada uno conoce una pista de las tres necesarias para encontrar el premio. Deberán cooperar y confiar mutuamente para hallar la fortuna, aunque solo se la podrá quedar uno.

El bueno, el feo y el malo se fusionaron para encontrar el tesoro. Se hicieron uno.

50 años después del estreno, se retira el jugador de baloncesto que también fusionó estas tres personalidades en una.



























Kobe Bryant es el bueno. 20 temporadas en el mismo equipo. Cinco anillos. Un MVP de temporada y dos MVP de finales. 18 veces All-Star. Tercer máximo anotador de la historia de la NBA (por delante de Jordan). Más triples en un partido (12). Dos medallas olímpicas. Un icono nacional. Un patriota. Un padre y un marido envidiable. El orgullo, una vez más, del pueblo negro.

Kobe Bryant es el malo. Fuera de Lakers, se le conoce como el villano. Único jugador de la historia que ha metido 40 puntos a todos los equipos de la NBA en algún momento de su carrera. A Toronto en 2006 le cayeron 81. 81, máxima anotación de la historia reciente del baloncesto norteamericano. En la cancha no tiene compasión. Le llaman la mamba, la víbora. No le tiembla el pulso. No parpadea. No se queja. Silenció la despedida de Jordan en 2003 metiéndole 55, humilló al Madison Square Garden en 2009 con 61.

Kobe Bryant es el feo. Y digo que es el feo porque no es el guapo, el prototipo de jugador que llama la atención por sus formas, por sus extravagancias o por su (intento de) perfección. Es humano. El tiempo lo ha hecho más humilde. Es el jugador que más tiros ha fallado en la historia. Lo asume. Sigue tirando. Sigue fallando. Sonríe a su rival. Bromea en medio del partido. Les guiña un ojo. Choca puños con los comentaristas rivales. Juega con los hijos de sus contrincantes, los coge en brazos. Saluda a Kobe, le dice Chris Paul a su niño, que, a su vez, juega con las hijas de Kobe. Abraza a todos. Con todos tiene una frase, un gesto. Será la edad, 37 ya. Quizás es momento de ser amable con el baloncesto, después de todo lo que le ha dado. Al fin y al cabo, la mayoría de jóvenes musculosos y sudados que ahora se acercan a abrazarlo tras el partido están ahí porque de pequeños lo veían en la tele. Querían ser the black mamba. Y él lo sabe. La NBA era una cuando llegó, y es otra cuando se retira.

Por tanto, hoy el baloncesto dejará un poco de ser baloncesto.

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