24/3/16

Genocidio lingüístico: La lengua mata

Desde la llegada de Colón a América, en 1492, el mundo comenzó un proceso de expansionismo europeo, que fue diplomáticamente acuñado, especialmente en el siglo XIX, como “colonialismo” o “imperialismo”. Países como España, Portugal, Gran Bretaña o Francia dominaron extensos territorios orientales, casi vírgenes hasta ese momento, con la intención de extraer recursos que sustentaran las metrópolis europeas. Pero no era fácil controlar a aquellos salvajes, y tampoco debían acabar con todo aquel pueblo indígena, puesto que la mano de obra era necesaria. ¿La solución? Adoctrinar, imponer la cultura. Los países colonizadores se pusieron como objetivo que las colonias deberían convertirse, a largo plazo, en copias de la metrópolis. Pero hasta entonces, había que aprovecharse de ellas, de su ignorancia, y explotarlas.




La principal arma no fue balística, ni siquiera militar. La imposición de un lenguaje suponía, casi inconscientemente, la imposición colateral de una cultura, una educación y unos valores, que coincidían (o por lo menos, se aproximaban) a los europeos. Visto desde el lado opuesto: acabar con la lengua nativa suponía la sumisión del pueblo ocupado.

Así, los castellanos que llegaron a América del Sur impusieron su habla (y con ella, su religión, la católica). Los franceses, neerlandeses, portugueses e ingleses colonizaron África, donde hicieron llegar la burocracia europea, además de un abanico de variantes del cristianismo (desde el catolicismo hasta el protestantismo, pasando por el calvinismo entre los boers sudafricanos). Los ingleses también acabaron con la cultura apache en su llegada a Norteamérica, así como con los aborígenes australianos o el Hong Kong decimonónico.

Tras la II Guerra Mundial, el Tercer Mundo se descoloniza, y asistimos al nacimiento de decenas de países libres, donde el rastro del imperialismo quedará eternamente inyectado en las venas de la población. En el África actual, 20 de los 54 países tienen como lengua oficial o cooficial el inglés o el francés (o ambas) y 6 el portugués. En América del Sur, el español es lengua oficial en 9 de 12 países, y también están presentes el inglés, neerlandés y portugués.


Visto lo visto, no es de extrañar que el inglés y el español se erijan actualmente como principales lenguas habladas a nivel mundial (siempre con permiso del chino mandarín), o que la cultura occidental se considere la cuna de la globalización, que ha unido el mundo como si fuera una tela de araña. Lo que poco se tiene en cuenta es que muchos puntos de esa interconexión han sido obligados a sumarse a la cultura occidental, a la fuerza, principalmente, de un lenguaje impuesto. Si no se hubiera producido el colonialismo, las lenguas más habladas en el mundo probablemente serían dialectos indígenas, ahora llamativos por ser minoría y exóticos, orientales, fuentes de atracción turística ofrecidas por países que hace 200 años eran totalmente indígenas, y ahora enseñan los restos de lo que fueron, solo como reclamo, y no como protesta.

La glotofagia (llamada hábilmente genocidio lingüístico) sigue presente en nuestro mundo, aunque no a nivel imperial. ¿O acaso no es acabar con una lengua (y por tanto, con su cultura) el hecho de eliminar de las instituciones el aragonés tradicional (que siempre ha estado en peligro de extinción), junto con el catalán, o distribuir de forma desigual las clases en valenciano y castellano, en la Universidad de Valencia, donde ambas lenguas son consideradas cooficiales, y por tanto, igual de importantes?

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