16/2/16

La última frontera

Frank Sinatra fue el primero en acuñar Nueva York como la ciudad que nunca duerme. Así lo reflejó también años después el rapero Jay Z con Alicia Keys, quienes añadieron que las luces de la ciudad iluminaban más las calles que el propio sol. 

Desde los Felices Años 20, no solo Nueva York, sino un gran número de ciudades norteamericanas sufrió un crecimiento espectacular, donde el éxito, la felicidad y el progreso estaban más que asegurados. Estados Unidos crecía y se imponía, poco a poco, sobre el resto del planeta. Fue el gran beneficiado de las guerras mundiales, y abasteció y endeudó a Europa durante gran parte del siglo pasado.



















El gran sueño americano implicaba crecer y expandirse en todas las direcciones, incluso hacia arriba. Así nacieron los primeros rascacielos, de muy poca altura. Al poco tiempo, los edificios comenzaron a crecer, y Estados Unidos plagó sus ciudades de torres de acero y cristal, convirtiéndose estos en un emblema de carácter nacional. Quién no recuerda a King Kong subido encima del Empire State, o al amigo que le salió a este edificio poco años después (el Chrysler Building). Tampoco podemos olvidar a Clark Kent o a Peter Parker entrando en sus redacciones de periódico, situadas en pleno corazón de Manhattan. Tan icónico es el skyline norteamericano, que ha sido incluso víctima de ataques terroristas, que no solo pretendían atentar contra dos torres gemelas, sino contra toda una civilización.

Pero esta dominación vertical por parte del país de las barras y estrellas ha llegado a su fin. Sin darnos cuenta, ni nosotros ni ellos, Estados Unidos ha perdido su hegemonía en el mundo de la alta arquitectura. Apenas quedan edificios de gran altura, capaces de entrar en las listas de los más altos e imponentes del planeta.

A día de hoy, solo  el One World Trade Center se erige como uno de los picos del mundo, dejando atrás emblemáticos edificios como la Sears Tower, en Chicago. Parece que los norteamericanos han visto renacer en este mastodonte de cristal azul las esperanzas perdidas de que Nueva York fuera el techo del mundo de nuevo, pero con sus 541 metros (1776 pies, y año de la independencia de Estados Unidos), queda muy alejado de ser, ni tan siquiera, el punto más alto de América del Norte (La CN Tower, en Toronto, mide 12 metros más). Eso sí, a caro, no le gana ninguno: 3,9 billones de dólares ha costado reemplazar a las Torres Gemelas y conseguir, según venden ellos mismos, el entorno empresarial más exclusivo del planeta.

Entonces, ¿dónde se encuentran los grandes rascacielos ahora? En países emergentes, lugares donde la inversión económica o bursátil parece beneficiosa a la larga. Hablamos de China, Rusia, Emiratos Árabes Unidos, Tailandia, Catar o Vietnam. El petróleo es la principal causa de surgimiento de inversores en la zona oriental del mundo, además del comercio internacional y las exportaciones, que sitúan a China en cabeza de esta carrera de expansión (lidera en solitario la clasificación de rascacielos, con 60 construcciones que superan los 300 metros). Por otro lado, cabe destacar que los reyes de la tecnología, los japoneses, tan solo cuentan con un rascacielos de “apenas” 300 metros, el Abeno Harukas. El motivo de no crecer hacia el cielo lo encontramos en la constante amenaza sísmica en la que vive Japón, lo que convierte en proeza cualquier proyecto arquitectónico que supere las 25 plantas.

Este crecimiento hacia arriba que están experimentando las grandes ciudades asiáticas comienza en 1998. Las Torres Petronas, en Kuala Lumpur, rompen con todo lo establecido. Hacen que el mundo gire la cabeza, deje de mirar a Estados Unidos para admirar la nueva construcción más alta del mundo. Desbancaron a Chicago y su Sears Tower, y desde entonces, ninguna edificación yankee ha rozado el techo. Fueron las torres más altas durante el cambio de milenio, y son recordadas por su protagonismo en La trampa, de Sean Connery y Catherine Zeta-Jones.

El techo del mundo actualmente se encuentra en Dubai, la capital del despilfarro arquitectónico. Desde la terraza del Burj Khalifa (828 metros) puede observarse el gran oasis de emires que le rodea, donde la última moda varía entre construirse un rascacielos que bata récords, o crearse una isla artificial donde situar tu mansión (Michael Schumacher tiene una isla bastante cerca del Khalifa). La torre, por citar algunos datos, es la primera (y única, de momento) estructura artificial que supera los 700 y 800 metros, es más alta que el punto más alto de 61 países, su sombra mide unos 2,5 kilómetros, y el edificio en sí es visible desde 95 kilómetros. Este último dato tampoco llama mucho la atención, ya que a menos de dos kilómetros al oeste ya encontramos desierto. También puede disfrutar uno de un agradable chapuzón en la piscina más alta del mundo, sita en la planta 76.

Un aspecto realmente singular en relación al desplazamiento que han sufrido los rascacielos hacia la otra parte del mundo es que los arquitectos no suelen ser asiáticos ni orientales. Es más, los proyectos son dirigidos, mayoritariamente, por estudios y despachos norteamericanos, que se encargan del diseño y la ejecución técnica del proyecto. Los inversores obviamente son locales, pero recurren a equipos del nuevo continente para la elaboración del edificio.

En cuanto al futuro, hemos de señalar nuevos proyectos en Estados Unidos, que pretenden revitalizar la imagen de ciudades como Nueva York. Pero seguirá siendo China quien construya rascacielos a velocidades de vértigo. El país ha confirmado que existen ya 6 prototipos que superarán los 500 metros en los próximos años. Aunque la idea más ambiciosa yace en Arabia Saudita, donde la Torre del Reino pretende alcanzar los 1000 metros, y romper así las barreras físicas que supone la construcción de un kilómetro vertical. Con el comienzo de su construcción en 2014, empezó la carrera por sobrepasar la última frontera.

Diseño final del reportaje para edición impresa. Trabajo de clase (noviembre - diciembre 2015).


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