20/2/16

“El salón: una exposición permanente”. Reseña

Jesús Ibáñez, uno de los más importantes sociólogos españoles durante la Transición, realiza en  Los Cuadernos del Signo un detallado análisis sobre qué supone en nuestras vidas un elemento tan inocente e inerte como nuestra sala de estar.



Ibáñez señala que el hombre, en su búsqueda de la protección, recurre a dos técnicas de carácter espacio-temporal: se cobija dentro de caparazones energéticos (elementos artificiales: vestimenta, ciudad, casa) e informáticos (grupos y relaciones humanas). La casa, en concreto, puede considerarse un caparazón energético, recubierto de uno informático (la familia).
La casa crea nuestro centro del mundo. Es retiro, pausa, generadora de moral, estabilizadora, sede, establecimiento, y acaba con nuestra carrera del azar: nos supone un dónde. Mediante las paredes, se divide el exterior/futuro del interior/pasado (cumple así la característica de los caparazones protectores). 

La sala de estar es el lugar más importante de la casa. Implica reunión, comunidad, relación e interdependencia entre los habitantes de una casa. También es el lugar donde recibir a las visitas, convirtiéndose así en un medio-salir para los familiares y un medio-entrar para los invitados. No es concebible un hogar sin salón: cerrar el salón significa cerrar la familia.

Por último, Ibáñez señala que en los últimos años la sala de estar ha pasado a ser denominada “salón”. Tras comparar los objetos habituales en un clásico salón decimonónico y en uno de mediados del s. XX, llegamos a la conclusión de que no se asemejan mucho. El capitalismo ha convertido nuestro salón en un indicador de nuestro estatus social, un falso escaparate de lo que nos gustaría ser ante los visitantes que llegan a nuestra casa. También la televisión nos ha “despersonalizado”, arrebatando el espíritu unificador del salón y jugando con nuestro tiempo y costumbres. Esto da que pensar a Ibáñez, que acaba asociando el término “salón” a los locales de citas parisinos, que reciben el mismo nombre.

Con el debido respeto a las putas que comenta Ibáñez, nos asemejamos a ellas. Al fin y al cabo, entramos y salimos del salón cuando la televisión quiere. Juega con nosotros, nos domina, nos adiestra sin darnos cuenta, y, cuando se cansa, nos deja, progresivamente más vacíos que cuando entramos. El texto es un extracto de Los Cuadernos del Signo, publicados en año 1980. ¿Qué diría hoy el ya fallecido Jesús Ibáñez ante una sociedad nuevamente esclavizada ante pequeñas televisiones de bolsillo, accesibles desde cualquier lugar del mundo, y conectadas entre sí?

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